Israel Shamir

Ideas that will Derail the descent to Barbarity

En marcha

 A principios del otoño, cuando maduran las granadas, suelo visitar las ruinas de Safuria, un arrasado pueblo palestino donde nació la madre de María, que aún conserva la iglesia de Santa Ana, construida por los cruzados. Hace dos mil años fue una importante ciudad, cuando bajo el nombre de Seforis se negó a unirse a los judíos fanáticos y permaneció leal al Imperio. Fue un hogar confortable para el rabino Judas el Príncipe, el hombre que reinventó el judaísmo después de su colapso, así como para muchos sabios cristianos y nobles romanos. Sobrevivió a los caprichos del tiempo hasta que, en 1948, el ejército israelí lo destruyó. Sus vecinos se convirtieron entonces en refugiados por campos dispersos y en el entorno la cercana Nazaret. Los arbustos del pueblo muerto permanecieron vivos al abrigo de los valles y ofrecen cada año cosechas de granadas, pero no queda nadie para recogerlas, pues a los pobladores de los asentamientos judíos construidos cerca de las ruinas no les preocupa el destino de estos frutos ni el de los campesinos que las plantaron. En ese terreno de desolación, entre árboles generosos cargados de frutas, hay también un detallado suelo de mosaico que data del tiempo de los romanos y que algunos denominan la Mona Lisa de Galilea. Consiste en miles de piedrecitas de tonalidades diversas, que forman juntas un orgulloso y alargado rostro de nariz recta, alto peinado y labios carnosos, rodeado de un marco de hojas de acanto.

 Este mosaico siempre me trae a la memoria nuestro mundo maravilloso, ese placentero mosaico de pequeños pueblos, verdes praderas, civilizadas megalópolis, castillos y chozas, ríos y arroyos, iglesias y mezquitas. Cada una de esas piezas del mosaico es fina, preciosa y perfecta. He visto muchas de ellas y las amo todas: las islas de rocas bajas en el Báltico luminoso y transparente, donde niños de pelo rubio saludan desde el embarcadero a los navíos que pasan; la Francia profunda de Conque, pequeño caserío del Macizo Central situado junto al viejo camino de Santiago, con un estrecho río cantarín que bordea la colina, techos de pizarra y calles pavimentadas hace miles de años; las cúpulas de las iglesias rusas en las riberas del río Oka, donde muchachas con pañuelos de flores se embeben de armonía; las voces hermosas de las niñas de Suzhou, que reverberan en el patio del templo entre canales que se entrecruzan por el sur de China; las casas barrocas de las factorías de tabaco en Trinidad y el porte orgulloso de los cubanos bailando en las calles; los hermosos cuerpos tatuados de los guerreros masai en torno al fuego en la sabana Serengeti… Sí, nuestro mundo es maravilloso y está habitado por gentes de buena voluntad.

 Todo este complejo armazón se ve ahora amenazado por las hostilidades que se avecinan, pues la tercera guerra mundial no es sólo contra el Tercer Mundo. Esta guerra empezó incluso antes de que la primera bomba cayera sobre el suelo rocoso de Afganistán. Un millón de nuevos refugiados están en camino, creando gran conmoción y desorden en Asia. No hay duda de que, tarde o temprano, la ola de refugiados llegará a Europa. Cientos de miles de ellos ya se dirigen hacia allí, hacia Rusia y hacia los relativamente estables países de su entorno. Es fácil comprenderlos: dado que Estados Unidos prometió utilizar armas nucleares contra sus hogares, las poblaciones indefensas no tenían otro remedio que escapar de las zonas consideradas como objetivo militar. Ningún control fronterizo será capaz de contener su avance inexorable. Pakistán será el primer país, pero no el último. Conforme Estados Unidos e Inglaterra planifican convertir su cruzada en una larga guerra Œcontra el terror¹, cada vez habrá más refugiados, hasta que, un día, el frágil tejido social de Europa quede hecho añicos. Europa será invadida, como lo fue en su día el Imperio Romano, y habrá de enfrentarse a una dura alternativa: establecer un sistema de apartheid y discriminación o perder su identidad.

 ¿Será Europa una víctima colateral de la furia estadounidense, al igual que lo es el inocente peatón en un tiroteo de cualquier ciudad occidental? Me parece a mí que Europa es más bien uno de los verdaderos objetivos de la ofensiva que se avecina. No es eso lo que los ciudadanos ordinarios de Estados Unidos desean, pero nadie les ha pedido su opinión. Las nuevas elites gobernantes de Estados Unidos y sus socios y agentes en el extranjero han añadido en su lista la destrucción de la próspera, independiente y unida Europa. Este deseo se debe a una razón práctica a corto plazo: Europa es un competidor de Estados Unidos, es demasiado independiente y posee su propia moneda, que podría competir con el dólar. Europa apoya una política más equilibrada en Palestina. Europa es también igualitaria: en Nueva York conocí a un muchachito, procedente del devastado Panamá, que trabajaba de mozo de ascensor, el cual le servía también de vivienda. Esas cosas no se ven en Europa, pues Europa todavía no adora al dios Mammón.

 I

 A las nuevas elites gobernantes no les importa nada Cristo o Mahoma, es verdad, pero adoran a otra deidad, Mammón. Hace dos mil años los fariseos apreciaban en gran medida a este antiguo dios de la avaricia, tal como puede comprobarse en el evangelio de San Mateo (6, 24): “Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro o se llegará al uno y menospreciará al otro, ya que no es posible servir a Dios y a Mammón”. Pero los fariseos se reían de Jesús, pues amaban el dinero [i] <mhtml:mid://00000713/#_edn1>. Los acontecimientos posteriores hicieron que esta fe disminuyera y el amor por Mammón pasó a llamarse Avaricia, uno de los pecados capitales, condenado tanto por las sociedades cristianas como por las musulmanas.

 Pero no desapareció del todo. Dos mil años después Carlos Marx, un nieto del rabino Trier, llegó a una conclusión revolucionaria: la fe en Mammón, esa religión que, según sus palabras, Œpractican los judíos durante la semana¹, se convirtió en la verdadera religión de las elites estadounidenses. Marx citó aprobadoramente al coronel Hamilton: ŒMammón es el ídolo de los yanquis, no solamente lo veneran de palabra, sino con toda la fuerza de su cuerpo y de su alma. A sus ojos, la tierra no es más que un mercado de valores y están convencidos de que no tienen otro propósito aquí abajo que ser más ricos de sus vecinos¹. Marx concluyó: ŒEl dominio práctico del espíritu judío sobre el mundo cristiano ha logrado en América del Norte su expresión completa, sin ambigüedad alguna¹.

 Para Marx, este victorioso espíritu judío se basaba en Œla avaricia y el egoísmo, su confesión era el negocio, su dios el Dinero¹ [ii] <mhtml:mid://00000713/#_edn2>. Estas palabras de Carlos Marx, así como otras ideas, son conocidas, pero su profundo significado espiritual no llegó a ser comprendido del todo. Por una buena razón: hasta nuestros días, los dictados religiosos del credo de la Avaricia no habían adquirido su expresión y resultaba fácil imaginar a un capitalista que pensaba en su interés, pero que promovía al mismo tiempo el bien común, tal como lo presentó Adam Smith.

 Las cosas han cambiado con el advenimiento del Œneoliberalismo¹. Las lecciones de Milton Friedman han hecho salir del armario a los mammonitas, a los adeptos a la nueva/vieja fe, que se diferencian de los avariciosos ordinarios en que elevan la Avaricia al grado de Dios celoso, incapaz de soportar a otros dioses. Los tradicionales hombres ricos no soñaban con destruir su sociedad, se preocupaban de su tierra y de su comunidad, querían ser los primeros entre pares y todavía se consideraban Œpastores de hombres¹. Es verdad que los pastores también comen corderos, pero no venden todo el rebaño al carnicero solamente porque el precio sea bueno.

 Los mammonitas consideran esto como una traición al dios Mammón. Tal como Robert McChesney escribió en su Prólogo al libro de Noam Chomsky Profit Over People[iii] <mhtml:mid://00000713/#_edn3>, Œexigen una fe religiosa en la infalibilidad del mercado no regulado¹, es decir, una fe en el egoísmo y en la avaricia sin límites. Carecen de compasión para la gente con quien viven y no consideran que sus conciudadanos sean de su misma clase¹. Si pudiesen eliminarlos y sustituirlos por pobres inmigrantes para incrementar sus beneficios lo harían, tal como hicieron sus hermanos en Palestina.

 A los mammonitas no les importa en absoluto el pueblo estadounidense, pero lo utilizan para lograr el dominio del mundo. Su visión ideal de éste es arcaica, o bien futurista: sueñan con un mundo de esclavos y amos y, para lograrlo, se esfuerzan por destruir la cohesión de la unidad nacional y social.

Los pueblos que permanecen en su tierra natal, se expresan en su lengua materna, viven entre sus semejantes, beben agua de sus ríos y asisten al culto en su iglesia o en su mezquita, no pueden ser convertidos en esclavos. Pero si dicha tierra se ve un día invadida por oleadas de refugiados, su estructura social quedará desmantelada y perderán su gran ventaja: la sensación de pertenencia mutua, de hermandad, tras lo cual serán presa fácil de los mammonitas.

 II

 Los afganos son gente amable, fuerte, independiente y segura de sí misma. Se crían así entre sus montañas y, como toda la gente serrana, son bastante tercos y conservadores. El temor a los bombardeos estadounidenses les hace buscar las tierras bajas de Holanda y las ciudades de Francia y, aun sin quererlo, transforman irreversiblemente la tierra a la que llegan. Este proceso empezó hace tiempo. Conforme las políticas globales de los mammonitas destruyen los países pobres del Tercer Mundo, agotan sus recursos naturales y sus medios de subsistencia, apoyan a sucios gobernantes traidores y devastan su naturaleza, cada vez hay más personas que se ven forzadas a integrarse en la corriente de refugiados que se dirige hacia Europa y Estados Unidos.

 Esta amenaza ya se ha dejado sentir en Europa. La famosa periodista italiana Oriana Fallaci publicó en el Corriere della Sera [iv] -el periódico más importante de Milán- un artículo en el que lamenta el destino de una Europa inundada de “hordas de musulmanes”. Los inmigrantes le causan la misma impresión que los guerreros germánicos le causaron en Ravena a un cortesano de Rómulo. Dice Oriana que durante tres meses los musulmanes de “Somalia desfiguraron, ultrajaron y llenaron de mierda la plaza mayor de mi ciudad”, que algunos “hijos de Alá” orinaban en los muros de la Catedral, que guardaban en sus carpas colchones donde “dormir y fornicar” y envenenaban la plaza con los tufos y vapores de su cocina. Añade además que Florencia, “que fue en tiempos la capital del arte, la cultura y la belleza”, ha sido “herida y humillada” por “arrogantes albaneses, sudaneses, bengalíes, tunecinos, argelinos, paquistaníes y nigerianos” que “venden drogas” y andan ofreciendo prostitutas e implora por último el apoyo de la cruzada que encabeza Estados Unidos con estas palabras: “Si cae Estados Unidos, también caerá Europa […] en lugar de campanas en la iglesia habrá muezzins, en vez de minifaldas, chadors y, en lugar de coñac, leche de camella”.

 Antes de deplorar la actitud de esta mujer, examinaré los fallos de su razonamiento. La señora Fallaci, que es una periodista de experiencia ya no muy joven, ve en Estados Unidos un posible protector, en lugar del origen de su problema y del de Florencia. Yo creo que más bien debería de temer la victoria de Estados Unidos, no su caída, pues si termina por ganar su guerra contra Afganistán, la pesadilla de Oriana podrá convertirse en realidad.

No quiere darse cuenta de que los refugiados e inmigrantes llegan a Italia porque sus tierras fueron devastadas por Estados Unidos y sus aliados. Los albaneses no la molestarían si la OTAN no hubiese asolado los Balcanes. No vería sudaneses si Clinton no hubiera bombardeado Sudán. No vería somalíes si Somalia no hubiera sido destruida por la colonización italiana y la intervención estadounidense. Ni ella ni los estadounidenses verían nunca un inmigrante palestino si los campesinos de Safuria todavía cuidasen sus arboledas de granados.

Nadie, de veras nadie, dejaría su propia tierra, con su peculiar naturaleza, su modo de vida, sus amigos y sus parientes, sus lugares sagrados y las tumbas de sus padres, a cambio del dudoso placer de acampar junto a los muros de una catedral italiana. Al igual que los patitos adquieren su impronta al empollar, los seres humanos nacen para amar su tierra natal. El joven Telémaco, equiparando su rocosa y pobre isla con las extensas praderas y ricos campos de Lacedemonia, le dice a su anfitrión: “Casi no tenemos prados pero, aún así, yo prefiero nuestras montañas con sus cabras a todas vuestras praderas, que serán buenas para los caballos” [v]. La gente emigra cuando ve sus tierras devastadas. Los irlandeses no hubieran dejado los verdes campos de su Eire, para mudarse a Chicago, si no hubiera sido porque el gobierno inglés los obligó a salir a fuerza de hambre. Mis propios compatriotas rusos no vendrían hoy a ocupar Palestina si Rusia no hubiera sido aniquilada por las fuerzas proyanquis de Yeltsin y Chubais.

Para el pueblo que los recibe, la oleada de inmigrantes es una molestia en el mejor de los casos y un desastre en el peor. No es culpa suya; todo es cuestión de números. Carlos Castaneda pudo integrarse a una tribu indígena y aprendió muchos de sus usos y costumbres, y yo estoy seguro de que también esa tribu aprendió algo de él. Imaginemos ahora que miles de chicos y chicas de Yale y de Berkeley buscaran unirse también a dicha tribu indígena. Ésta desaparecería al verse incapaz de conservar sus costumbres. Mientras que un solo inmigrante siempre será bienvenido y le dará cierto color a la sociedad, la inmigración masiva se convierte en un mal.

Ya vengan en calidad de invasores y conquistadores o bien como refugiados, los inmigrantes siempre alteran la sociedad que los acoge. Si son astutos, irán desplazando a los naturales de las posiciones sociales interesantes e importantes y crearán su propia subcultura. Si son violentos, quizá se apoderen de la tierra por otros medios. Y si son humildes y tímidos, harán derrumbarse el precio de la mano de obra. Ésas son las razones de que, en circunstancias normales, los inmigrantes no estén bien considerados.

Miguel Martínez, que es un hombre de bien y un buen amigo y que fue quien mostró al público de lengua inglesa el artículo de Oriana, se quedó comprensiblemente horrorizado del racismo de esta mujer. Le asiste toda la razón: la señora Fallaci habla como una racista, de forma parecida a Ana Coulter, ese azote estadounidense de la “gente de color ceniza”. Sin embargo, Miguel no alcanzó a ver el poco de verdad que encierran las palabras de Oriana. Cuando una persona ve su jardín invadido por bisontes, echa la culpa a los pobres animales porque no alcanza a ver al cazador que, al acosarlos, provoca la estampida de la manada. Dicha persona se equivoca porque la culpa es del cazador, pero no por ello los bisontes habrán dejado de estropearle el jardín. La inmigración masiva es tan dolorosa para el inmigrante como para quienes lo acogen.

Sin embargo, no es dolorosa para los mammonitas, que en realidad aprecian la inmigración, precisamente porque disminuye el costo de la mano de obra. Una importante revista mammonita es el semanario británico The Economist. Semanas antes del “nuevo Pearl Harbour”, su director exhortó a aumentar la captación de inmigrantes en el Tercer Mundo. Las personas más dinámicas, mejor calificadas, de Africa, Asia y América del Sur podrían ser de utilidad a Gran Bretaña, Europa y EE.UU., señalaba The Economist. La inmigración haría que bajasen los salarios de los obreros europeos y aumentaría los beneficios de los empresarios. Como ganancia adicional, la pérdida de los miembros más dinámicos debilita las sociedades donantes y las convierte en presa fácil a la hora de ser utilizadas. Es una versión refinada del comercio de esclavos, pues ¿hay algo mejor que unos esclavos tan bien dispuestos que se peleen entre sí por subir antes al buque negrero? Naturalmente, la primera condición para que esto ocurra no estaba incluida en la frase que precede al título de este artículo: los países del Tercer Mundo han de ser previamente devastados y arruinados.

Los mammonitas también necesitan inmigrantes para su propia causa. Una sociedad compacta y sana rechaza instintivamente a los hombres avariciosos, porque la avaricia es un impulso socialmente destructivo. En una sociedad sana, los mammonitas seguirían siendo parias. La inmigración destruye la coherencia de la sociedad que la recibe. A los mammonitas no les gusta que su sociedad sea compacta; la prefieren ligera y desleíble, para que sea más fácil de beber. Por eso los mammonitas apoyan las migraciones, y los inmigrantes los aprecian como aliados naturales, sin sospechar que los quieren como el vampiro a la sangre fresca. Debido a ese error de apreciación, los inmigrantes apoyan con sus votos el poder mammonita de Tony Blair y de los Demócratas de Nueva York. Son los mammonitas quienes deberían de sufrir la furia de las diatribas de Oriana, no los inmigrantes inocentes que llegan a las calles y plazas de Europa.

 III

Diane Feinstein, una senadora mammonita representante de California, importa en su estado un número cada vez mayor de mexicanos pobres. Éstos le dan el voto, permanecen fuera de la política durante muchos años y aceptan trabajar más por menos dinero, con lo que debilitan sin sospecharlo la mano de obra organizada. Así, los californianos ordinarios viven peor, pero eso a ella le tiene sin cuidado. Algunos la consideran sionista debido a su apoyo manifiesto al Estado de Israel.

No obstante, sería un error considerar sionista a esa señora. Históricamente, los sionistas han creído que el hombre necesita raíces. Suponían que la fácil movilidad de los judíos constituía un signo de sus carencias. Quisieron entonces proveer a esos desarraigados de unas raíces en Tierra Santa. Pero los mammonitas no entienden a quienes necesitan raíces y se han propuesto desarraigar a todos por igual. Para los sionistas, los mammonitas llevaban un modo de vida erróneo. Y ahora, mammonitas de todos los orígenes han adoptado esa forma de vida que los sionistas descartaron.

Es un error de los sionistas no entender que, sin los palestinos, no podrán lograr su objetivo de enclavar esas raíces en la tierra de Palestina. No han comprendido que una persona de origen judío puede echar raíces en cualquier parte, no sólo en Palestina. Un judío puede volverse estadounidense, inglés o ruso, lo mismo que palestino. Satisface su interés supremo por la patria a través de la identificación con sus compatriotas. Para el hombre que ama un lugar, cualquier tierra es la Tierra Prometida. La gente que obliga a Estados Unidos a sacar del país miles de millones de dólares destinados a Israel, en vez de dedicarlos a los estadounidenses pobres, no es fiel a Estados Unidos. Y, sin embargo, tampoco es fiel a Israel. Admira a este país sólo como modelo de lo que debe ser su mundo.

Mucha gente de buena voluntad está en contra del sionismo que destruyó masivamente la amada tierra de Palestina y expulsó a sus habitantes. Pero el sionismo es una enfermedad local, mientras que su hermano mayor, el mammonismo, constituye una plaga universal que quiere convertir el mundo en un “Gran Israel”, cuajado de centros comerciales y ciudades destruidas, asentamientos para unos pocos elegidos y gran cantidad de refugiados que proporcionen mano de obra barata. Los sionistas arruinaron la naturaleza en Palestina y privaron a los palestinos de su tierra, mientras que los mammonitas están arruinando el medio ambiente universal y provocan un desarraigo generalizado.

Los sionistas combaten a Cristo -en el Israel actual, San Pedro y San Pablo serían encarcelados por predicar el Evangelio- mientras que los mammonitas luchan contra toda fe y creencia, ya sea Cristo o Mahoma, nacionalismo o comunismo. Los enemigos del sionismo creen que los mammonitas vencerán a los sionistas, porque la política demasiado independiente de éstos puede convertirse en un obstáculo para los planes globalizadores de los mammonitas. Pero yo os digo que Dios tolera los excesos de los sionistas para que lleguéis a ser conscientes de los planes de los mammonitas.

 IV

No se trata de una proclama de izquierdismo acérrimo; podemos convivir con algunos pueblos ricos y soportar ciertos privilegios. Tanto la izquierda como la derecha son buenas y necesarias para la sociedad, de la misma manera que para sostenernos en pie necesitamos la pierna izquierda y la pierna derecha. Imaginemos un prado en primavera en las montañas de Jerusalén, una maravillosa alfombra de flores que nos invita a tumbarnos: si todos la pisáramos, desaparecerían las flores, pero si el prado se rodea con una cerca, estaremos privados de él. Estas dos tendencias: de acceso y de conservación, son los paradigmas de la izquierda y de la derecha y su combinación correcta permitirá que una mayoría de personas disfruten del prado.

La derecha es la fuerza conservadora que sostiene el poder de las elites, defiende el paisaje, protege la naturaleza y mantiene la tradición. La izquierda, en cambio, es la fuerza que mueve la sociedad y garantiza su vitalidad, su capacidad de cambio y la movilidad social. Una sociedad sin su izquierda se descompondría y sin su derecha llegaría al colapso. La izquierda proporciona movimiento y la derecha estabilidad, pero los mammonitas crean para sus propósitos una pseudoizquierda y una pseudoderecha, que se aprovechan de los errores de la izquierda y de la derecha real.

Uno de los defectos de la derecha europea “real” ha sido su falta de compasión y su tendencia racista. Su reflejo instintivo era acertado: los inmigrantes desestabilizan la sociedad, pero no porque sean hombres inferiores, como arguyen los racistas; aunque los inmigrantes sean gente maravillosa, siguen representando un problema. Los holandeses que invadieron Indonesia y, durante mucho tiempo, asolaron la tierra y arruinaron el país, vieron luego su vida alterada con la llegada de indonesios. Los ingleses no escatimaron fuerzas para adueñarse de América del Norte: exterminaron a los nativos. A menudo, el proceso colonial produce aflicciones mutuas: los británicos expoliaron Irlanda y han sido hostigados por los irlandeses.

El racismo se equivoca, porque afirma que algunos grupos de hombres son inherentemente mejores o peores que otros, pero todo el mundo es maravilloso, los zulúes y los británicos, los rusos y los chechenos, los palestinos y los franceses, los paquistaníes y los turcos, cuando están en su propio terreno. En otros países, estas mismas personas buenas se convierten en una molestia. Durante el imperialismo y la expansión colonial europea, las teorías racistas eran necesarias para justificar el flujo unidireccional de hombres; sin racismo, no se hubiera podido exterminar a los nativos, robar sus propiedades, cerrar sus industrias, crear inmensos latifundios y negar al pueblo los derechos humanos fundamentales. Pero ahora el racismo ya no es necesario, porque, una vez acabada la aventura colonial europea, puede abandonarse la teoría moralmente errónea y científicamente equivocada de la superioridad de raza.

Mientras la izquierda real defiende los intereses de las clases más desfavorecidas y, por consiguiente, se opone a la inmigración en masa, la izquierda liberal, influida por los mammonitas, se manifiesta a favor de la inmigración en nombre de la compasión. Los mammonitas, que no suelen tener sentimientos compasivos, utilizan en su provecho estas razones humanitarias que les proporcionan una ventaja adicional: el distanciamiento de la clase trabajadora europea y estadounidense de la izquierda liberal. Para los trabajadores, el peligro de la inmigración es obvio: los inmigrantes, que conviven con ellos en barrios aislados, representan una competencia por los puestos de trabajo y esto les induce a aliarse con la extrema derecha racista.

Hay una manera de salir del estancamiento, que es buena para todos menos para los mammonitas: detener la inmigración y abrir las vías de transferencia económica al Tercer Mundo. Tanto África como Suecia deberían de disfrutar de los mismos ingresos y el dinero recaudado por los impuestos debería de llegar a los indios del Amazonas y a los campesinos de Afganistán. Pocos paquistaníes emigrarán a Inglaterra, si disponen de iguales ingresos (o prácticamente iguales) al regresar a su país. La Unión Europea es una prueba de esto: aunque los suecos siguen ganando más que los portugueses, los griegos y los italianos, dado que esta diferencia no es muy grande y los países gozan de paz, la inmigración hacia Suecia o Alemania es escasa. Pero si se habla de compasión, hay que recordar que la verdadera compasión cristiana dice que debemos permitir que la gente viva en su casa, bajo sus emparrados y sus higueras, tan bien como viviría en nuestro propio país. No dispondríamos de personal de limpieza barato, pero viviríamos en una tierra más limpia y mejor. Esta solución sería justa, porque durante cientos de años Europa y Estados Unidos han agotado las riquezas del Sur y del Este.

El destino del inmigrante es triste, ya que, al fin y al cabo, la inmigración es un exilio y esta condición es la más triste del hombre. Ovidio lloraba en las costa de Moldavia y el príncipe Genji se debatía en Suma. Mi amigo palestino Musa trasladó a su anciano padre desde la ciudad de Aboud a su nuevo hogar en Vermont y el hombre comenzó a construir bancales, tal como había hecho en las laderas de las colinas de Samaria. Y es que formamos parte del paisaje, de las montañas y de los valles. Cuando, ahora, en Estados Unidos se producen ataques a los inmigrantes, probablemente muchos de ellos piensen en su hogar que se vieron forzados a abandonar.

Aunque considero que la inmigración debería detenerse y ser sustituida por la transferencia de fondos hacia los países más pobres hasta conseguir el equilibrio de los ingresos, es probable que los inmigrantes que ya han llegado, se queden. Deberían de poder acceder a la ciudadanía local y, así, ser alemanes en Alemania, franceses en Francia, estadounidenses en EE.UU, palestinos en Palestina. Los antepasados de los pueblos europeos y americanos también emigraron y se adaptaron a nuevas formas de vida. Las tribus germánicas de los francos invadieron la Galia celta romanizada y junto con sus antiguos pobladores se han transformado en los actuales franceses. Los descendientes de los cruzados europeos que siguen viviendo en la población palestina de Sinjil -que conserva el glorioso nombre del comandante provenzal Raymond de St Gilles- se convirtieron totalmente en palestinos y son asediados por los israelíes como el resto de la población. Lo mismo hicieron los georgianos llevados hace ochocientos años al pueblo de Malcha, próximo a Jerusalén, por las hordas de la reina Tamar, que se convirtieron en palestinos y compartieron el destino de sus hermanos cuando, en 1948, los invasores sionistas los expulsaron de sus hogares.

El ser humano es adaptable y si los inmigrantes aman a su nueva tierra, pueden convertirse en ciudadanos locales. Yo se de qué hablo, porque nací en Siberia y he elegido ser palestino.

V

La tercera guerra mundial es una lucha contra la propia diversidad, iniciada por los adeptos de la Avaricia; a ellos no les gusta el delicioso mosaico de razas y culturas, sino que desearían homogeneizar el mundo. Tienen razones de orden práctico -ya que es más fácil vender mercancías a poblaciones homogeneizadas-, de orden moral -no quieren que la gente disfrute gratis de la belleza y por ello la destruyen- y de orden religioso : los adeptos de Mammón sienten que esta alegre pluralidad es un sacrilegio contra su celoso dios. Los pueblos son destruidos y las antigüedades se encierran en un museo, donde se puede cobrar entrada.

En una hermosa película para adolescentes, La Historia interminable, el mundo multicolor de Fantasía desaparece absorbido por Nada. Esto mismo le está sucediendo a nuestro mundo maravilloso: lugares antiguos y excepcionales están siendo arrasados y sustituidos por centros comerciales y tierra quemada. La izquierda y la derecha deberían de unir sus fuerzas contra esta Nada, que está amenazando nuestra existencia.

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Traducción al castellano de Manuel Talens, Marco A. Contreras y Elisa Vilare

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