Israel Shamir

Ideas that will Derail the descent to Barbarity

La guerra en Tierra santa

Al norte de Hertzliya, la próspera capital de las industrias high-tech, con esplendorosos “sushi-bars” japoneses, hay una elevación abrupta, y una playa al pie, parecería el  Pacífico. No hay salvavidas ni la cuida nadie, y van allí extranjeros amantes de la naturaleza y familias palestinas que visitan el santuario cercano de Sidna Ali (Nuestro Senor Ali). Si uno sigue caminando hacia el norte, sin atender los carteles que prohíben pasar, por el peligro muy real de avalanchas de piedras, llega a una caleta recóndita, una rareza en la costa sin relieve de Palestina. Es un lugar precioso para nadar en las aguas transparentes del mar Mediterráneo. Dominan el lugar unas gruesas moles color tierra, que parecen estar cuidando la ensenada, pero no se trata de rocas naturales como parece a primera vista. Son las ruinas de los bastiones del castillo de Arsur, edificado por los cruzados, empinadas sobre la meseta. El comandante árabe Baibars, vencedor de mongoles y cruzados en el siglo XIII, mandó a derribar la fortaleza y tirar cuesta abajo los restos. Unos ciento cincuenta años atrás, los cruzados habían conquistado la Tierra santa, sin mayor dificultad, y se acomodaron, quedándose a vivir allí. Edificaron sus castillos y fincas de labor, se casaron con las mujeres del lugar, que eran cristianas ortodoxas y armenias, y podían haber sido felices allí para siempre. Desgraciadamente, atraían a los aventureros foráneos, y ofrecieron un refugio seguro a los forajidos, con lo cual demostraron su incapacidad para convertirse en buenos vecinos. Tuvieron varias oportunidades de portarse bien, pero las descartaron y siguieron siendo aliados potenciales de cualquier agresor extraño a estas tierras.

 

Al cabo del tiempo, sin embargo, del pueblo levantino, con fama de ser “gente blanda y femenil”, surgió Baibars. No basta -reflexionó él- con echar a los cruzados, pues esto ya lo intentó  Saladino, y al poco tiempo regresaron los detestables francos. La única forma de librarnos de ellos, pensó,  es hacer de las costas de Palestina un desierto para que nunca más vuelvan a pisar estas tierras. Castillo tras castillo, finca tras finca, una ciudad tras otra, Baibars fue arrasando a conciencia las orillas de la Tierra Santa: Cesárea, Askelon, Jaffa, Arsur. Le dolía, pero sabía que la única alternativa era la guerra permanente.

Parecería que la historia está a punto de repetirse. De no producirse un giro inesperado, la blanda tierra palestina está abocada a la perdición. Los submarinos nucleares del Estado judío, fabricados en Alemania, equipados en  USA, están listos para asolar Irán, Siria y Arabia Saudita. Y todo demuestra que Israel no tiene la menor intención de convertirse en un vecino decente de estas tierras del antiguo Levante.

Los judíos tuvieron muchas oportunidades para echar raíces en la tierra de Palestina, y hacer las paces con la población autóctona. Pero las despreciaron y despilfarraron una y otra vez. El último asalto aéreo israelí, apuntando al corazón de Siria, [el 6 de septiembre de 2007], les recordó a aquellos que pudiesen haberlo olvidado que el Estado judío es una entidad agresiva, un auténtico peligro para la región entera. Treinta años de calma entre Siria e Israel fueron borrados como irrelevantes por los generales de Ariel Sharon. Nadie tomó en serio el pretexto oficial, de una vinculación de Siria con el acto sangriento de venganza personal cometido por una joven de al-Halili, a cuyos hermano y novio asesinaran los militares israelíes, mientras el ejército israelí le negaba acceso al servicio de emergencias a su padre. El sabio Dr. Mahathir Mohammed, primer ministro de Malasia, interpretó sobriamente este incidente: “Israel estuvo hostigando a USA para que invadieran Siria de una vez, pero los yankis se mostraban desganados, de modo que Israel  desató el ataque aéreo para forzarlos a intervenir. [1]

La existencia de un Estado judío no es sólo fuente de sufrimientos para Palestina, sino que crea problemas en toda la región, desde la India hasta Etiopía (según lo programado en el libro de Esther 1). Y  más allá también. La quinta columna de los defensores de Israel tiene como misión el desatar guerras en el mundo entero, desde Chechenia hasta Filipinas, desde Corea del Norte hasta Cuba, simplemente para aliviar la fiebre destructora de los bárbaros  israelíes, y de paso también para promover algunas ventas de armas. Están llevando al mundo de cabeza al Armageddon. John Bolton llama a apoderarse de Irán, Murawiec pide un cambio de régimen en Arabia Saudita. El New York Post, rabiosamente sionista, apunta a Francia como “uno de los enemigos más feos de América”, señalando a Chirac “ese pigmeo moral cuya falta de escrúpulos por suerte está balanceada por la cobardía y la falta de poder”. “A Francia hay que hacerla sufrir, estratégica y financieramente”, sugiere. “Los franceses nos atacaron por la espalda. Nuestra respuesta debería ser desollarlos vivos”; así prosigue el diario. Y esto, según el canon israelí, no es mera retórica.

 

El Estado judío es un entramado extremadamente peligroso. La doctrina militar israelí se ajusta al modelo   estratégico  de Richard Nixon, a lo Madman: “hazte el loco, y la gente te tendrá miedo”. La amenaza de un Irak nuclear quedó en ridículo ante la amenaza muy real del poder nuclear israelí [2]. Los científicos israelíes practican la guerra biológica y química: utilizaron gases neurotóxicos contra manifestantes en Gaza, y envenenaron el agua potable durante el sitio de Acre, según reportó Abu Sitta en el diario egipcio al-Ahram.

Israel está implicado en una larga serie de secuestros y asesinatos llevados a cabo en tierras extrañas. No hay inmunidad. Nadie está fuera del alcance de Israel. Mataron en Noruega (el conocido caso Lillehammer), secuestraron en Roma (el caso Vanunu), bombardearon la Biblioteca Británica y el consulado norteamericano en El Cairo (caso Lavon),  bombardearon y ametrallaron el barco de guerra de sus propios aliados y protectores, cuyo nombre era el USS Liberty, intentaron asesinar a Robert Mugabe [3], y es probable que hayan sido  los asesinos del secretario de defensa antisionista James Forestal [4] en USA. Algo tuvieron que ver, o más, en el asesinato del presidente Kennedy, como lo demostró Michael Collins Piper en su libro El juicio final, porque el presidente USiano se estaba poniendo pesado, exigiendo el desarme de Israel. El asesinato de Anna Lindh en 2003, ministra sueca de asuntos extranjeros que estaba organizando el boycot de Israel, sigue siendo un misterio.

No es que los mandatarios israelíes se cuiden mucho de mantener estas cosas en secreto ; hoy en día sabemos quién asesinó al conde Folke Bernadotte en 1948, y quién acometió la matanza de los prisioneros de guerra alemanes en 1946, y también la de los egipcios en 1956, porque los criminales lo pregonaron ampliamente. Mañana seguro de que nos enteraremos de quién cometió otras barbaridades. Pero de nada nos servirá saberlo, porque Israel es un refugio seguro para criminales. Si los agarran con las manos en la masa y chorreando sangre, a Israel le tiene sin cuidado que se entere el mundo entero, pues como dijo nuestro primer ministro Ben Gurion: “lo que digan los goys no importa, sólo es importante lo que hagan los judíos”.

Este triste record, refrescado por el ataque aéreo reciente contra Siria y la preparación de ataques nucleares contra Irán, demuestra que no hay manera de que Israel se convierta en un miembro  decente de la comunidad de las naciones. También nos da la respuesta al  interrogante: ¿para qué sirven los esfuerzos de paz y las tentativas para que Israel vuelva a sus fronteras de antes? Pues para nada sirven. Si Israel se viera obligado a replegarse dentro de los límites de 1967, 1948 o 1973, seguiría siendo cabeza de puente para agresiones, amenaza para la paz mundial, y asesino de dirigentes en el mundo entero. Como la secta de los Asesinos [5], sedienta de sangre, que en otros tiempos asolaba la región, los defensores de Israel socavan el poder de los dirigentes mejores, o los asesinan, a la vez que apoyan a dirigentes títeres dispuestos a obedecer órdenes. La retirada de Israel de Cisjordania no cambiará para nada su naturaleza. El leopardo no puede cambiarse las manchas, dijo el profeta Jeremías (13:23).

 

El comportamiento de Israel está parcialmente relacionado con el complejo de exclusividad judío, y la manifestación más clara de este complejo es que el Estado judío descansa  en leyes de apartheid. Sudáfrica, cuando mandaba la minoría blanca, estuvo igualmente comprometida en la destrucción de sus vecinos (Mozambique y Namibia) y estuvo involucrada en conspiraciones por toda África. . El complejo de superioridad surafricano lo curó el “amor tenaz” que desmanteló el Estado segregacionista, y a Israel hay que administrarle el mismo tratamiento. Los acontecimientos del año pasado lo demostraron más allá de cualquier duda razonable. El desmantelamiento gradual de la supremacía judía por medio de la democratización pacífica es la única alternativa realista al hundimiento de Israel en un violento caos. La mayoría de la población, es decir los árabes palestinos, deben tener voz, sencillamente. Mientras nos van subiendo la parada los dirigentes israelíes, en una escalada de “locura calculada”, no son capaces de prever que  están criando a una generación entera de palestinos que ya no le tienen miedo a la muerte.

Hasta hace poco, el miedo a las represalias israelíes mantenía a raya a sus adversarios. En 1991, el presidente iraquí Saddam Hussein tenía poderosas armas de destrucción masiva, pero no las utilizó contra Israel porque no había llegado a un grado de desesperación tal que le dieran igual las consecuencias. . Él sabía que Israel destruiría Irak si daba el paso fatal. Pensó que era intocable, aún en la derrota, mientras no hiciera ningún movimiento hostil hacia Israel. Lo que él no sabía entonces es que ya la estrategia USiana estaba en manos de judíos, y que los generales USianos recibían entrenamiento en las técnicas de guerra israelíes, que desconocen la compasión. Si Saddam hubiese sabido que los cuerpos de sus hijos torturados terminarían en una morgue de Bagdad, que a él lo convertirían en un fugitivo acosado hasta colgarlo, que a su país lo iban a arruinar con diez años de sanciones, para luego convertirlo en presa del invasor sionista, es probable que hubiera  experimentado la tentación de procurar la solución de Sansón: llevarse al Estado judío con él, al reino de la nada.

Se acabó Saddam Hussein, pero ahora ya todos los dirigentes del mundo tienen más claro  lo que les espera si Israel le pide la cabeza de alguno de ellos al golem yanki. Paradójicamente, la misma crueldad de Israel ha convertido sus amenazas en un argumento contra el sometimiento: ya que estas gentes de todas formas llegarán a lo peor, no tiene sentido acatar sus exigencias.

Los judíos de Israel han repetido la locura de Napoleón en Jaffa. En 1799, el entonces joven general corso cruzó el desierto del Sinaí, y emprendió la conquista de Palestina hacia el norte. Rafah y Ramléh se rindieron a sus tropas, porque los soldados palestinos no veían la necesidad de atacar a una fuerza europea de paso. Entonces Napoleón marchó hacia el puerto de Jaffa, donde también estaba el cuartel de la ciudad, con seis mil soldados, que eligieron rendirse. Pensaron que se les iba a desarmar y que volverían a casa, cada cual a su aldea; pero Napoleón no se sentía seguro, dejando a tantos soldados enemigos detrás de sus líneas, así que mandó a matar a todos los prisioneros. Tres días tardaron los franceses en degollar a tanta gente. Los fueron sacando por grupos del convento armenio de San Nicolás, y uno por uno, a bayonetazos, los fueron matando en la playa.

Después de semejante matanza, no quedó ningún palestino  dispuesto a entregar las armas a un francés. A las tropas de Napoleón las esperaron emboscados detrás de cada naranjal, y cuando llegó a las murallas de San Juan de Acre, ya no se planteaba la rendición. La gente entendía que no tenía sentido. Podían morir peleando, en todo caso. Después de algunos meses de esfuerzos sin resultado, Napoleón renunció, dejando atrás a sus soldados heridos, que fueron degollados por un enemigo vuelto despiadado. En el centro de la esnobista Jaffa, hay una figura rechoncha del Petit Caporal, en papier mâché, con su tricornio, que les recuerda a los turistas y a los habitantes cómo a veces la crueldad es contraproducente. Los dirigentes israelíes están tomando este mismo camino, y esa política está sellando su final.

El pesado sentimiento del desastre que se avecina es una de las razones no mencionadas que fundamentan la solución de “Un solo Estado para todos”, la que proponemos y defendemos. En serio, esto les convendría a los palestinos, y a los israelíes también. Pero la elección de la partición, la llamada “solución de los dos Estaos”, también aliviaría en algo el sufrimiento de los palestinos, como lo observan muy justamente el profesor Neumann y muchos militantes moderados por la paz. Incluso lo podrían preferir las elites israelíes y palestinas, aunque un Estado independiente dividido entre Cisjordania y la Franja de Gaza no resolvería el problema de los refugiados. El problema principal es que la partición no solucionaría nada en cuanto a la amenaza contra la paz mundial que constituye el Estado judío, que es un Estado canalla, y no impediría el desastre inminente en Tierra santa.

Un Estado judío, aunque fuera más pequeño, seguirá siendo la sede del Mossad y de su unidad especial para los asesinatos, el Kidon. Un Estado judío achicado seguirá poseyendo armas nucleares. Un Estado judío recortado seguirá envenenado por su ideología  de extremada xenofobia  y muy profundamente arraigada, y seguirá siendo fuente de contaminación ideológica. Un Estado judío disminuido seguirá metido en conspiraciones subversivas, desde Moscú hasta Washington DC. Más tarde o más temprano, llegará el momento en que un dirigente, en algún país, viéndose contra la pared (puede ser Corea del norte, Irán, Egipto, o Rusia) recordará los cadáveres de los hijos de Saddam, y decidirá seguir el ejemplo del bravo Baibar, y el camino de de los heroicos sultanes mongoles que sacaron a los Asesinos de sus nidos de águila y los espantaron para siempre. Pues sin Israel, las fuerzas USianas se conformarían con dar vueltas alrededor de sus bases de Georgia y Tejas, en vez de estar persiguiendo a odiadores de judíos en los cinco continentes. La derrota de Israel es inevitable; sólo queda una incertidumbre: si será extirpado por la fuerza, y mediante la destrucción de la misma tierra, o si se irá absorbiendo pacíficamente en la región.

 

La igualdad en Tierra santa: no se trata sólo de una exigencia moral, sino que es el único camino para salvar al país de una destrucción anunciada. No por culpa nuestra, que somos los buenos amantes de la paz, sino por la corriente inapelable de la historia. Llegará el momento de la única quemante disyuntiva: la igualdad o la muerte.

La crueldad israelí, su pasión por la venganza, su incapacidad para respetar a los demás, ha llevado a centenares de palestinos a buscar el horror del martirio. En verdad, Palestina se ha convertido en una nación de mártires. Viviendo en la calle, entre escombros de villas miseria, caminando millas para buscar el agua, esperando días enteros para cruzar los checkpoints, sufrimiento puro el de todo un pueblo. Pero su sufrimiento terminará de un golpe el día que un mártir se ciña un arma nuclear miniaturizada, en vez del plástico que les envía el Tsahal.

Entonces la trágica historia del Estado judío llegará a un sucio final revuelto.

 

Los lugares de población judía mayoritaria en Israel son pocos, y están alejados unos de otros, de modo que bastaría con algunos artefactos nucleares colocados de manera precisa para resolver de una vez por todas lo que el Estado judío llama “crisis demográfica”. Irreal podría “llevarnos a todos al precipicio”, como lo predice el profesor van Creveld de la Universidad Hebrea, porque las armas nucleares israelíes apuntan, según este investigador, tanto a las capitales europeas como a los vecinos. De todas formas, ninguna acumulación de medidas de seguridad podría detener a un kamikaze, y a una persona desesperada podría no importarle para nada el destino de todos aquellos que fracasaron en proteger a los palestinos y la tierra santa de Palestina.

Y algunos años más tarde, las ruinas de Tel Aviv se irían fundiendo suavemente en las ruinas de Arsur.

 

Traducción Maria Poumier.

Revisión Horacio J. Garetto

 

[1]www.ndtv.com/template/template.asp?template=Palestine&slug=Malaysian%

 

[2] la primera versión de este artículo es de octubre 2003 (“Five to Midnight, Doctor Sharon »). En 2008 se podría sustituir la mención de Irak por Irán, siguiendo la lógica del conocido chiste acerca de la secretaria de la Casa blanca, preguntando: “¿alguien me puede decir cuál es la ortografía correcta: Irak o Iran?” (nota de la traductora)

 

[3]Robert Mugabe, nacido en 1924, presidente de Zimbabwe desde 1987. Fue muy popular entre los “padres de la independencia” africanos, por realizar la descolonización de la antigua Rodesia británica, después de dirigir la guerrilla y pasar  diez años preso; logrando convencer a los granjeros blancos para que permanecieran en el país, durante algunos años. Pero no ha logrado conservar el control del país, ahora en situación difícil; Mugabe acusa principalmente a Tony Blair de favorecer la oposición y conspirar para derrocarlo. Fue declarado “puesto avanzado de la tiranía”, junto con los gobiernos de Cuba y Corea del Norte en 2005, por el presidente Bush. (ndt)

 

[4] James Forrestal fue Secretario de defensa de 1947 a 1949 ; se oponía a la creación del Estado de Israel, por considerar que se debían preservar las relaciones con el mundo árabe y apareció colgado de una sábana, suspendido en el aire, defenestrado por la ventana de su cuarto, en el piso 16 del hospital militar donde había ingresado por trastornos mentales. (ndt)

 

[5] Los “Hashashâshîn” (1090-1257) eran una cofradía implacable, fundada por Hassan Sabbah, oriundo de Qom; su nombre exacto es “asasiyun”, observantes de la ley (“asad”). (ndt)

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