Israel Shamir

Ideas that will Derail the descent to Barbarity

Sultán y Shaitán [1]

El Sultán es bueno, pero sus visires son malvados, –este pensamiento ha reconfortado a muchos individuos infelices a través de la historia humana. Infelices como estamos, nos reconfortamos con vanas esperanzas de una intervención positiva de EE.UU. en Palestina, imponiendo el mito de EE.UU. como un gobernante severo pero honrado. Y al convertirse el Día Deir Yassin en un Deir Yassin por Día, las esperanzas no disminuyeron. “Una verdadera prueba para la presidencia de Bush,” escribió Robert Fisk en el Independent. “No hay tiempo que perder,” lo secundó Helena Cobban en el Christian Science Monitor. Pero la visita del Secretario de Estado de EE.UU. no dio ningún respiro a los palestinos, ni siquiera trajo un período de calma en la ofensiva israelí.

El brillante Norman Finkelstein nos lo recordó: “El problema con la administración Bush, se nos dice repetidamente, es que se ha involucrado insuficientemente en el Oriente Próximo, un vacío diplomático que se supone va a ser obviado por la misión de Colin Powell. ¿Pero quién le dio la luz verde a Israel para que cometiera las matanzas? ¿Quién suministró los F-16 y los helicópteros Apache a Israel? ¿Quién vetó las resoluciones del Consejo de Seguridad que llamaban a que monitores internacionales supervisaran la reducción de la violencia? ¿Y quién acaba de bloquear la proposición de la principal funcionaria de las Naciones Unidas de los derechos humanos, Mary Robinson, de que simplemente se enviara un equipo de investigación a los territorios palestinos? Consideren este guión. A y B están acusados de asesinato. La evidencia demuestra que A suministró a B las armas para cometer el crimen. A le dio a B la señal de “no hay moros en la costa”, y A impidió que los espectadores respondieran a los gritos de las víctimas. ¿Sería el veredicto que A no estaba suficientemente implicado o que A era igual de culpable de asesinato que B?

Tiene razón. Es hora de dejarse de soñar despiertos con el buen sultán. Si un bloque mental le impide dudar de sus buenas intenciones, puede pensar que es un cautivo de malvados eunucos, como lo fueron tantos gobernantes. De los lamentos y la pena, debiéramos pasar a la acción. Después de todo, en las políticas de EE.UU. en el Oriente Medio no se trata del clima, sobre el que todos se quejan, pero nadie hace nada. Pero, ¿podemos hacer algo, si las manifestaciones y protestas no sirven para nada?

La respuesta es sí, y no es una Yihád, ni una Cruzada. Robert Jensen [2] de la Universidad de Texas escribió, “Hoy ayudé a asesinar a un palestino. Si pagas impuestos al gobierno de EE.UU., también lo hiciste”. Quería decir que el dinero de los contribuyentes de EE.UU. sirve para rearmar a Israel y matar palestinos. Que se consuele Jensen. El contribuyente de EE.UU. es inocente. La realidad es peor: la matanza la pagamos nosotros, los cinco mil millones del mundo que vivimos fuera de EE.UU.

Cada día trasferimos cinco mil millones de dólares a EE.UU., para que ese gran país siga dirigiendo con el estilo al que nos ha acostumbrado, y también matando tantos palestinos como les dé la gana. Un dólar por día, de cada uno de nosotros, europeos y africanos, chinos y japoneses, rusos y árabes. Esas alucinantes cifras fueron publicadas por el semanario británico, The Economist. Lo hacemos, ya que desde 1972, EE.UU. se tomó el derecho de imprimir todos los dólares que quiera, mientras nosotros aceptábamos la ficción que el papel verde, un pedacito de papel, es el equivalente de nuestro trabajo y de los bienes materiales.

En realidad, el dólar de EE.UU. no tiene respaldo. Es un cheque escrito por un gandul en bancarrota, que sirve para enmarcarlo y colgarlo en la pared. Siempre que impriman todos los dólares que necesitan, no es sorprendente que haya una súper potencia y que todo el resto esté endeudado. No es un secreto: el valeroso Fidel Castro lo dice en todas las conferencias, asegurándose así la interminable hostilidad de EE.UU.

Los magos financieros de EE.UU., Greenspan et al, nos hacen un timo bien conocido, llamado una ‘pirámide’. Semejantes estafas eran realizadas  por timadores profesionales en numerosos países, en Albania y en Rusia. Generalmente terminan en un crash catastrófico. El timo judeo-estadounidense difiere en el tamaño. Es global. De otra manera, es la misma pirámide. El 90 por ciento de todas las transacciones financieras son transacciones especulativas, escribe Noam Chomsky. La pirámide es apoyada por un masivo lavado de cerebro propagandístico para alentar el consumo y la expansión. La gente de a pie de EE.UU. y de sus aliados no se divierte con el asunto: en Inglaterra, la pobreza infantil se triplicó con la llegada al poder de Margaret Thatcher. En EE.UU. hay millones de niños sin hogar. Los estadounidenses, alemanes, británicos, están profundamente endeudados, tal como los países del Tercer Mundo.

El dólar de EE.UU. logró reemplazar el oro, porque ofrecía una atractiva tasa de interés fijo. La tasa de interés se ha convertido en una dulce trampa para la humanidad; ha causado el lastre de la deuda, ha empobrecido a los estados y a las personas, creado la horrible aberración de la globalización. No es por nada, que Sam Bronfman, el contrabandista, fundador de la poderosa dinastía Bronfman y padre del presidente del Consejo Mundial Judío, cuando le preguntaron cuál era la más importante invención humana, replicó sin dudar: “la tasa de interés’. [3]

Fue la segunda caída de Adán. Adán fue tentado por la manzana; a nosotros nos tentó el interés fijo del dólar, el equivalente moderno de la usura a la antigua. En los viejos tiempos, la Iglesia ‘antisemita’ condenaba la usura como una ocupación exclusivamente judía, pero ahora es libre para todos. Todos son socios, en las palabras del personaje de Heller en Catch-22, Milo Minderbinder. Sí, hay una trampa [catch en inglés], Catch-22. Usted no puede irse a gozar de sus beneficios. Tiene que seguir en el juego.

El dólar de EE.UU. ya no es ‘dinero’; es una licencia, como una licencia de Microsoft, o una patente de una compañía farmacéutica. Cuando los gobernantes de EE.UU. lo decidan, pueden congelar los activos de un país rebelde. A Irán le congelaron sus activos, a Libia, a Irak; seguramente los sauditas sufrirán la misma suerte en el instante mismo en que objeten a las políticas de EE.UU. Es una buena adivinanza para Bilbo Baggins: ¿Qué está sobrevaluado, es inseguro, verde y muy deseado por los imbéciles?

 

II

En los últimos días de la guerra en Asia del Sudeste, viajé en un lento junco por el río Mekong, en compañía de otros periodistas, aventureros, campesinos locales, cerdos y pollos. El bote fue frecuentemente detenido, registrado y obligado a pagar impuestos por las partes en conflicto, pero hizo un lento progreso desde la antigua capital real de Luang Prabang hacia Vientiane. En una aldea adormecida de veinte chozas y tres elefantes, donde pasamos la noche, entré a una tienda china. Tenía por delante a un oscuro y adusto guerrillero del Pathet Lao con sandalias Ho Chi Minh de goma de neumáticos, y un rifle de asalto AK colgado en su espalda; terminó de hacer sus compras y pagó con una moneda extraña. Reconocí su pintoresco diseño: era la moneda del Pathet Lao. Cuando salió el soldado, saqué unos pocos billetes Pathet Lao que me habían dado de cambio en el bote y pedí al comerciante un paquete de cigarrillos. El chino ni se movió. “Pero usted aceptó este dinero,” protesté. Me replicó con sabias palabras dignas de Lao-Tsé, “Sólo de gente con fusil”.

El dólar de EE.UU. sigue siendo aceptado por la comunidad global por temor, y es el motivo por el cual el presupuesto militar de EE.UU. crece todos los años. Es el motivo por el cual el reino eremita de Corea del Norte, Irán, e Irak se convirtieron en el Eje del Mal: no aceptan dólares. Pero el temor es un mal consejero. El colapso de la pirámide es inminente. La fusión comenzó en agosto de 2001, como había informado el Economist a sus lectores el 25 de agosto de 2001, y, si no hubiera sido por la oportuna intervención de personas desconocidas el 11 de septiembre de 2001, el dólar de EE.UU. no serviría hoy para otra cosa que para coleccionarlo. Pero la III Guerra Mundial sólo puede contribuir a retardar la terminación del proceso.

La simple prudencia y el inteligente interés propio llevaron a los gobernantes sabios a salirse de la esfera del dólar. Los países europeos lanzaron el euro, el yen japonés subió fuertemente. Pero su intento de sustituir papel por papel mientras mantenían las tasas de interés falla por la base. En una revolucionaria proposición, el Dr. Mahathir, Primer Ministro de la próspera Malasia, propone que se vuelva al oro y a la plata, más específicamente al Dinar ‘islámico’ como una divisa de reserva para el mundo con una tasa de interés de cero. Su gran idea de deshacer el doble agarre del dólar y de los préstamos merece ser comparada con la reforma de Solón, el legendario Sabio de Atenas, que anuló las deudas, derrotó a la Oligarquía, devolvió la tierra y la libertad al pueblo. Si fuera implementada, terminaría con el sufrimiento de los palestinos y con los sufrimientos del Tercer Mundo en general. El dólar de EE.UU. se desplomaría tan rápido como en 1929, y con él, el apoyo de EE.UU. a Israel y vuestras deudas.

No debiera ser considerado un ataque contra EE.UU. Los estadounidenses corrientes recuperarían sus casas de las garras de los bancos, ya que las hipotecas desaparecerían. El peso de las deudas desaparecía de las espaldas de la gente. Es cierto, George Soros y Mark Rich tendrían que depender de la asistencia social, junto con muchos otros ardientes partidarios de Israel. Pero eso no sería una desgracia: estarían demasiado ocupados ganándose la vida como para causar más estragos.

Es la respuesta a la pregunta de cómo podemos ayudar a los palestinos. Pidan a los dirigentes de sus países que emprendan el paso correcto y prudente de sacar sus fondos y capitales de los bancos de EE.UU. y del dólar. Sería más eficiente que la Yihád y que la Cruzada, más humano y definitivo que los bombazos suicidas.

Me gustó la idea del Dr. Mahathir. El Dinar de oro nos llevaría a un nuevo mundo, el mundo del interés cero, el mundo sin usura, que llevaría a reconciliar a la sociedad. A Marx le encantaría la ironía de la historia, que el ataque judío contra Palestina puede ser detenido sólo rechazando la participación en la usura valuada en dólares.

 

III

No es posible eliminar las consideraciones religiosas de nuestras decisiones prácticas. El Dinar ‘islámico’ completaría el sistema bancario relacionado con el rendimiento. Es llamado actualmente ‘banca islámica,’ pero fue practicado por la muy católica Venecia durante siglos antes del advenimiento de la usura. En ese punto, como en muchos otros, Dar al-Islam y el Cristianismo no difieren. La Iglesia prohibió el interés fijo, hasta que la locura profética de Juan Calvino, y el gran reformador religioso, el Profeta Mahoma, reforzaron la prohibición [4].

La Ley Judía prohibió a los judíos el cobro de intereses a sus “hermanos” (otros judíos), pero requirió que se cobrara a otros ‘extraños’ (no judíos). San Ambrosio comprendió las implicaciones de este enfoque, cuando escribió: “Pide usura, a aquel que quieras dañar. A él exígele usura, a aquel a quien no sería un crimen matar. Donde hay un derecho a la guerra, hay también un derecho a la usura” [5]. Por eso, la paz vendrá a Palestina cuando los judíos acepten la máxima de Santo Tomás de Aquino, “no hay extraños,” y consideren a los palestinos como a queridos hermanos. O, en las palabras de Oseas: Decid a vuestros hermanos: Ammi (Pueblo mío); y a vuestras hermanas: Ruhama (Compadecida)  [6]

 

Traducido para Rebelión por Germán Leyens 

 


[1] Satanás en el Corán

[3] Haaretz, 20.11.98, Musaf p.36

[4] sura 2, 275-280

[5] Cita suministrada por David Pidcock.

[6] Oseas 2:1

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