Israel Shamir

Ideas that will Derail the descent to Barbarity

Trueno en julio

 

Desde la reciente elección presidencial de Medvedev en Rusia (dejándole a Vladimir Putin el lugar menos vistoso de primer ministro) e incluso un tiempo atrás, la política extranjera de Rusia era objeto de conjeturas. Dominaba la idea de que Medvedev adoptaría una línea más sumisa ante USA y Occidente y hasta podría entregar las posiciones tomadas por su poderoso antecesor. Como Rusia es el principal obstáculo al sueño de Bush de apoderarse de Irán, esto no era una simple cuestión teórica, y muchos observadores seguían los acontecimientos con harta preocupación (incluyendo al que suscribe).

 

Los últimos acontecimientos han barrido con nuestros temores. La Rusia de Medvedev-Putin es aún más independiente y coherente que la Rusia del año pasado. La transferencia de poder estuvo amagando como una nube negra durante largo tiempo, y sólo ahora con el veto estruendoso de China y Rusia acerca de Zimbabwe podemos decir que ha escampado. Hubo una pequeña señal previa: Rusia pidió el desmantelamiento del tribunal para Yugoslavia, último vestigio de la guerra de la OTAN contra el Estado balcánico antaño independiente.

 

Fue una petición de rico simbolismo. Yugoslavia fue escenario de un crimen terrible pero no el crimen inventado por la OTAN y el supuesto “genocidio” que se le achacó en seguida. Las labores del Tribunal no arrojaron una sola prueba, al cabo de muchos años,  y aquello de las “fosas comunes” y el “millón de víctimas del holocausto en Bosnia” resultó simple secreción de alguna fantasía individual. El verdadero crimen fue la intervención de la OTAN, el bloqueo y el bombardeo que condujeron a la balcanización de los Balcanes, y a un sufrimiento sin fin para sus habitantes. Lo que hizo posible el crimen fue la desaparición de Rusia del escenario mundial. Después de 1991, los Estados quebrados, empobrecidos, agotados mentalmente y espiritualmente colonizados, surgidos del colapso de la Unión soviética, se convirtieron en objetos, en vez de sujetos, de las relaciones internacionales. Con un gran agujero negro en lugar de la URSS, Occidente se encontró en condiciones de actuar a sus anchas por primera vez desde 1920, y arremetió reanudando con la política imperial colonial del siglo XIX.  El brutal asalto a Yugoslavia y la primera guerra de Bush contra Irak fueron los puntos culminantes de los años 1990.

 

Pero el pueblo ruso demostró su capacidad para resarcirse una vez más, como había demostrado después de la invasión alemana de 1941. Reobrando lucidez tras su tonto acceso de ternura proyanki, tras el bombardeo de Belgrado, Rusia ha recuperado su lugar legítimo en el mundo. No aceptó el ataque angloamericano a Irak, ni a Afganistán ni ahora a Irán. Le proporcionó armas a Chávez. Los dirigentes rusos tienen encuentros habituales con Hamás, el partido democráticamente elegido que manda en Palestina, por mucho que se le diabolice. En amistad con China, Rusia puede configurar nuevas relaciones internacionales.

Hay una zona donde todavía impera la ley de los años 1990, que es el África. El continente negro está en pésima situación y la resolución preparada por USA acerca de Zimbabwe habría empeoado las cosas, repitiendo lo de Somalia. Somalia es un desastre: la invasión etíope propugnada por USA ha destruido virtualmente todos sus sistemas de abastecimiento; los somalíes están pasando hambre, y se expande la marejada de refugiados, desde Sudáfica hasta Noruega. Los etíopes invadieron cuando Somalia se estaba apenas recuperando de la anterior intervención Usiana bajo bandera de la ONU, y acomodaron unas instancias administrativas relativamente autónomas y estables llamadas cortes islámicas. Esta invasión y el desastre que ocasionó no habrían ocurrido sin la resolución del Consejo de Seguridad; Salm Lonem, columnista del Daily Nation en Kenya y anteriormente vocero de la misión yanqui en Irak, escribió:

 

“Los Estados Unidos promovieron una resolución aterradora en diciembre de 2007, diciendo que la situación en Somalia era una amenaza para la paz y la seguridad, y le dieron en realidad la luz verde a Etiopía para invadir. Algo muy similar es lo que intentó la administración Bush para arrasar a Zimbabwe. Para desgracia de los somalíes, ni Rusia ni China intervinieron entonces, de modo que una resolución mentirosa respaldó una invasión promovida por USA, produciendo inevitables pérdidas y el desplazamiento de millones de personas.”

Esta vez, Rusia y China se han unido para vetar la resolución sobre Zimbabwe, ateniéndose al punto de vista de todos los países de Asia y África, virtualmente, incluyendo al propio vecino de Zimbabwe, África del Sur. No hace falta ser un especialista en asuntos africanos para celebrar este veto. Suficientes intervenciones neocoloniales hemos tenido desde los tiempos de Gorbachev: Irak, Panamá, Nicaragua, Yugoslavia, Somalia, Eritrea, Congo y lo que se les hubiese antojado. Está muy bien que la ola se haya tenido que detener en Zimbabwe, dando nuevo impulso al principio de la soberanía. Si hoy se hubiese autorizado a los amos coloniales a cabalgar por Zimbabwe, mañana le tocaría a Irán, y tarde o temprano Moscú y Beijing se verían acosadas. Ahora podemos esperar que China y Rusia hagan uso de su derecho más a menudo, y bloqueen cualquier intento colonialista de estrangular a Irán o aplastar a Birmania.

Demasiado estuvieron tardando en usar su derecho al veto Rusia y China; tal derecho lo esgrimió principalmente el testaferro de los intereses USianos en Medio Oriente, Israel. Ahora, los británicos y americanos están rabiando, sorprendidos de que Rusia y China se estén valiendo del mismo. Dejémoslos encolerizarse e ir descubriendo que el mundo ha cambiado una vez más, y que la etapa dorada de sus oportunidades desde 1990 se acabó.

 ¡Qué estaba pasando en Zimbabwe? Había fracasado una supuesta “revolución naranja”, semejante a la que USA y Gran Bretaña habían fomentado en Ucrania y Georgia, sin lograr imponerla en Birmania y Mongolia. Las fuerzas pro-occidentales intentaron sacar de su lugar al presidente Robert Mugabe. Mugabe ganó las elecciones exactamente como Milosevic las había ganado en Yugoslvia, o Lukashenko en Bielorusia, o Hanieh en Palestina, pero Occidente nunca acepta elecciones democráticas si los resultados no le satisface políticamente. El principal candidato de oposición optó por retirarse de la segunda vuelta por voluntad propia, y esto no hace fraudulentos los resultados de las dos votaciones. Incluso, si no hubieran sido totalmente legítimos, esto no autorizaba ninguna intervención USiana.

  Escribió Stephen Gowans: “En el corazón del conflicto tenemos un choque entre derechos: derecho de los colonos blancos a disfrutar de la tierra robada frente al derecho de los dueños originales a reclamar su tierra”. Esto no es exactamente así: dondequiera los imperialistas tratan de utilizar a una minoría local para socavar un régimen que no les cae bien. No se trata de una lucha entre blancos y negros. Los granjeros blancos podrían ser un elemento útil e importante en la economía nacional, pero algunos de ellos eligieron mal su bando. Los blancos de Zimbabwe no deberían aliarse con el Occidente imperialista. Sus problemas, así como otros problemas locales, sólo pueden solucionarse en base a los intereses locales con la ayuda y el consejo de África del sur y las organizaciones interestatales africanas.

Nuestro amigo surafricano Joh Domingo explicó la situación: “Había una oportunidad para los granjeros blancos, individualmente, y podían involucrarse en la edificación de la sociedad africana, pero eligieron otra vía, la de supeditarse al agronegocio en gran escala, y unirse a la explotación de la riqueza mineral de Zimbabwe.”

Como repitiendo las campañas de Bielorusia, Kirgistán y Venezuela, los informes sobre fraudes electorales llenan los medios: “La oposición está hambreada, padecen asaltos, y las elecciones están falseadas”: así reza el ensalmo. Al mismo tiempo, hay grupos progresistas que lloriquean sobre la fatalidad de los pueblos, y preguntan por qué no paren campeones en santidad en vez de  bárbaras fieras. Deberían preguntar más bien por qué será que todos los les caen mal a los superpoderes globales siempre son bárbaras fieras: trátese de Mugabe, de Saddam, de Milosevic, de Aristide, de Castro… ahí no termina la lista.”

 

Es cierto, Zimbabwe está pasando por  una etapa difícil, pero la solución a la crisis pasa por consultaciones regionales, sin intervención desde tierras lejanas. Rusia y China están trabajando por la estabilización de la región, pero la palabra final la dirá el pueblo de Zimbabwe.

 

Traducción: Maria Poumier.

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